En media hora cierra el Mercado de los Artesanos, local
ubicado en uno de los rincones de la Plaza Cagancha. Frío intenso, comercios
que cierran sus puertas, cartelería que se apaga, el bar de la calle Colonia
prácticamente vacío, un ómnibus que en uno de sus costados tiene la cara flotante
de Marilyn Monroe. Detrás, un vehículo de los años sesenta o setenta; negro,
lujoso y bordes redondeados. Una mesa con café y sanguches; luces y cámaras
rodean a otro auto, de similares características. Acción, grita un hombre que lucha con su bufanda. Los demás miran
al actor refugiado en el vehículo.
El Mercado de los Artesanos rompe la monotonía lumínica del
cemento: atrae por sus colores y la intensidad de su brillo. Adentro, suena Stir it up, composición de Bob Marley
que, en esta ocasión, interpreta El Club
de Tobi. El cuarteto de cuerdas acompasa el ritmo de los elementos
dispuestos en el salón: el sonido no molesta, juega y es cómplice.
El primer stand ofrece
collares, pulseras y caravanas multicolores. Sin embargo, dos metros a la
izquierda sobresale una vasija de cerámica que liga dos orificios. Es el Udu-drum, un instrumento de percusión
simple, consigna un cartel. No podés
sacar fotos, interrumpe una vendedora. Hecho de cerámica, el Udu-drum suena empujando el aire hacia
adentro o afuera, con la palma de la mano. Los sonidos más graves se producen
en la boca principal; en el cuello surgen los más agudos. Se puede percutir el
cuerpo con los dedos o anillos de coco, quizás de madera. No requiere gran destreza, sugiere su descripción. Produce una vibración intensa que permite
relajamiento; la percusión rítmica estimula armonización de ambos hemisferios.
Útil para meditación y ejercitación cerebral, completa el aviso.
No es reciente. Tenés
que hablar con la persona que lo hizo; pero tiene historia, improvisa la
vendedora, ahora serena y dispuesta al diálogo. Apoyada contra el ventanal y despojada
de su celular, la mujer señala un pequeño recorte de cartón que señala quién es
el artesano, su número de contacto e identificación de socio.
Debajo de la vasija, está dispuesta una serie de kalimbas, el piano de los pulgares. Pareciera ser
el rincón africano excluyente del Mercado. No obstante, dos pasos más adelante
aparecen grabados, imanes, llaveros, cajas de recuerdos, marca libros,
rompecabezas alusivos al candombe. Esa parece ser la tónica: la tradición y la
costumbre.
De todos modos, uno no deja de sorprenderse: ahora brotan
piezas religiosas, ángeles sonrientes, crucifijos de madera, pesebres personalizados.
Faltan cinco minutos y una voz anuncia, de buena manera, que
el Mercado está por cerrar.
Silencio, atentos que
se graba, avisa el gritón. Marilyn, flotante y sonriente pese a la
temperatura, aguarda por el final del rodaje. Son las 20.00 y el frío no cede
ni un poco.
Martín
Fernández
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