miércoles, 3 de septiembre de 2014

EJERCICIO I

En media hora cierra el Mercado de los Artesanos, local ubicado en uno de los rincones de la Plaza Cagancha. Frío intenso, comercios que cierran sus puertas, cartelería que se apaga, el bar de la calle Colonia prácticamente vacío, un ómnibus que en uno de sus costados tiene la cara flotante de Marilyn Monroe. Detrás, un vehículo de los años sesenta o setenta; negro, lujoso y bordes redondeados. Una mesa con café y sanguches; luces y cámaras rodean a otro auto, de similares características. Acción, grita un hombre que lucha con su bufanda. Los demás miran al actor refugiado en el vehículo.

El Mercado de los Artesanos rompe la monotonía lumínica del cemento: atrae por sus colores y la intensidad de su brillo. Adentro, suena Stir it up, composición de Bob Marley que, en esta ocasión, interpreta El Club de Tobi. El cuarteto de cuerdas acompasa el ritmo de los elementos dispuestos en el salón: el sonido no molesta, juega y es cómplice.

El primer stand ofrece collares, pulseras y caravanas multicolores. Sin embargo, dos metros a la izquierda sobresale una vasija de cerámica que liga dos orificios. Es el Udu-drum, un instrumento de percusión simple, consigna un cartel. No podés sacar fotos, interrumpe una vendedora. Hecho de cerámica, el Udu-drum suena empujando el aire hacia adentro o afuera, con la palma de la mano. Los sonidos más graves se producen en la boca principal; en el cuello surgen los más agudos. Se puede percutir el cuerpo con los dedos o anillos de coco, quizás de madera. No requiere gran destreza, sugiere su descripción. Produce una vibración intensa que permite relajamiento; la percusión rítmica estimula armonización de ambos hemisferios. Útil para meditación y ejercitación cerebral, completa el aviso.

No es reciente. Tenés que hablar con la persona que lo hizo; pero tiene historia, improvisa la vendedora, ahora serena y dispuesta al diálogo. Apoyada contra el ventanal y despojada de su celular, la mujer señala un pequeño recorte de cartón que señala quién es el artesano, su número de contacto e identificación de socio.

Debajo de la vasija, está dispuesta una serie de kalimbas, el piano de los pulgares. Pareciera ser el rincón africano excluyente del Mercado. No obstante, dos pasos más adelante aparecen grabados, imanes, llaveros, cajas de recuerdos, marca libros, rompecabezas alusivos al candombe. Esa parece ser la tónica: la tradición y la costumbre.

De todos modos, uno no deja de sorprenderse: ahora brotan piezas religiosas, ángeles sonrientes, crucifijos de madera, pesebres personalizados.

Faltan cinco minutos y una voz anuncia, de buena manera, que el Mercado está por cerrar.
Silencio, atentos que se graba, avisa el gritón. Marilyn, flotante y sonriente pese a la temperatura, aguarda por el final del rodaje. Son las 20.00 y el frío no cede ni un poco.

Martín Fernández 

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